En Santa Cecilia, Risaralda, Diego Duque encontró en una comunidad indígena un lugar para comenzar de nuevo. A diez años de la firma del Acuerdo de Paz, su historia muestra una dimensión cotidiana de la reincorporación: echar raíces, construir una familia, trabajar junto a una comunidad y proyectar allí el futuro.

En Santa Cecilia, un corregimiento de Pueblo Rico en el departamento de Risaralda, rodeado por montañas, ríos y una vegetación que parece cubrirlo todo, Diego Duque ha ido construyendo una vida alrededor de cosas que hace algunos años no tenía: una parcela, una casa, una familia y una comunidad a la cual pertenecer.
En su tierra hay plátano, cacao y yuca. También cría cerdos, peces y gallinas ponedoras. Buena parte de lo que se necesita allí lo ha construido con sus propias manos. Diego recuerda que, cuando llegó, no tenía nada. Había llegado a Risaralda después de dejar las armas con la firma del Acuerdo de Paz y, tras contactar a otros firmantes en Pereira, se instaló inicialmente en la finca El Motor, en Santa Cecilia. Allí comenzó por aquello que conocía: cultivar la tierra.

“Desde el principio me dediqué a lo que supe hacer: el plátano, el cacao, la yuca. La tierra. Uno vuelve a lo que conoce”. Pero fue fuera de sus planes donde comenzó a construirse buena parte de la vida que tiene hoy. Por medio de una amiga conoció a Carmenza Queragama, una mujer indígena de la comunidad Quito Ducabú. Se enamoraron y, con ella, Diego encontró también una familia y un territorio que lo acogieron. El padre de Carmenza le cedió un terreno y la comunidad lo aceptó como uno de los suyos.
Para Diego, ese gesto significó mucho más que tener un lugar donde sembrar.
“No solo me dieron tierra; me dieron pertenencia, identidad, un lugar en el mundo. Yo ya no soy solamente alguien que salió de la guerra. Soy parte de esta comunidad. Contribuyo aquí, trabajo aquí”.
A diez años de la firma del Acuerdo Final, la historia de Diego permite acercarse a una dimensión de la reincorporación que se construye lejos de los grandes escenarios y en la vida cotidiana de los territorios: en las familias que se forman, los proyectos productivos que buscan salir adelante y los vínculos que los firmantes de paz construyen con las comunidades en las que hoy desarrollan sus proyectos de vida.

Una vida que se construye poco a poco
Diego pasó 18 años en la guerra. Cuando esa etapa terminó, una de las primeras cosas que recuperó fue el vínculo con su familia.
“Tengo una familia muy grande, y ese reencuentro fue muy bonito. Pasaron muchos años, muchos. Pero ahí estaban. Uno no sabe lo que pesa eso hasta que lo vive”.
Después construiría una nueva familia. Con Carmenza tuvo a Danilo, que está próximo a cumplir cuatro años y aparece una y otra vez cuando Diego habla de las razones para continuar trabajando. Se refiere a él como su motor, su motivación diaria. La parcela es hoy el centro de ese proyecto familiar. Allí convergen los cultivos y la cría de animales con los que Diego busca generar ingresos y fortalecer su autonomía económica. Cuenta que su proceso de bancarización le ha permitido invertir y avanzar gradualmente en lo que tiene. Ahora quiere ampliar la granja y convertirse algún día en proveedor de gallinas para Pueblo Rico. Para lograrlo, asegura que viene trabajando en la formulación de proyectos con el SENA.
Lo que produce tampoco termina en su casa. Parte de los alimentos llega al resguardo, a sus vecinos y a otras personas de Pueblo Rico. Es una manera de aportar al territorio que lo recibió y de fortalecer los vínculos que ha construido con la comunidad desde su llegada.

En ese tránsito a la vida civil, el acompañamiento institucional ha sido parte importante de su proceso de reincorporación. Diego destaca los apoyos recibidos y, especialmente, la posibilidad de establecer una relación cercana con las entidades que trabajan por la reincorporación de los firmantes de paz.
“Cuando llegué aquí y conocí tantas entidades que lo ayudan a uno, que se sientan con uno, vea, así como ahora, comiéndonos este pescado juntos, uno entiende que sí es posible. Hay gente que lo mira a uno como persona, no como expediente, no como ficha. Eso cambia todo”.
Durante estos años, la Misión de Verificación de las Naciones Unidas ha acompañado a firmantes de paz en los territorios, en el marco de su mandato de verificar su reincorporación política, económica y social. En Santa Cecilia, ese acompañamiento permite seguir de cerca un proceso que Diego construye junto a su familia, su comunidad y las entidades que trabajan por la reincorporación.
Mirar hacia adelante
Diego quiere ampliar su granja y seguir fortaleciendo el proyecto que ha construido en Santa Cecilia. Sueña con convertirse en proveedor de gallinas para Pueblo Rico, pero cuando habla del futuro, sus planes van mucho más allá de la parcela: piensa, sobre todo, en Danilo y en las oportunidades que espera poder ofrecerle.
“Quiero que mi hijo tenga una carrera excelente. Que salga adelante. Que no tome el camino que yo tomé”.

Después de 18 años en la guerra, Diego mira su pasado sin desconocerlo, pero también desde la vida que ha podido construir desde entonces. Reconoce que fueron años que no pudo dedicar a tener algo propio, formar una familia o echar raíces.
Hoy esas raíces están en Santa Cecilia, en la tierra que cultiva, en la comunidad de la que ahora se siente parte y en la familia que ha formado con Carmenza. A diez años de la firma del Acuerdo de Paz, su historia permite mirar la reincorporación desde la cotidianidad: trabajar, construir vínculos, formar una familia y hacer de una comunidad el lugar desde donde imaginar el futuro.
Melissa Jaimes Ochoa Editora
Ana María Bustos Reportería - Fotografías
Misión de Verificación de las Naciones Unidas en Colombia





