La historia del firmante de paz que descubrió su talento para la literatura. Es uno de los líderes más importantes de la reincorporación en Arauca, estudió sociología y está terminando su segundo libro.
“Lo más absurdo que pudimos hacer, fue matarnos entre colombianos pobres”, dice Alinton Asprilla, un hombre de 40 años, padre de familia y un trabajador incansable por la paz de Colombia. La frase la suelta en tono pausado bajo la sombra de un árbol a 36 grados centígrados en el Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación, ETCR Filipinas, en Arauca, donde realiza su proceso de reincorporación.
Alinton, mejor conocido como ‘El Niche’, era uno de los comandantes de las Farc más importantes en la estrategia militar, pero desde la firma del Acuerdo de Paz su vida cambió: estudió sociología en la Universidad Nacional a Distancia, UNAD, y se dedicó a los proyectos productivos y desarrollar uno de sus talentos, la literatura. Está escribiendo su segundo libro llamado “Los niños de la pelota de trapo”. El primero fue titulado “La Odisea de los Nadies”, un relato autobiográfico en el cual recuerda las dificultades de su vida en medio del conflicto armado.

“Yo escribo pensando en las próximas generaciones, porque la memoria a veces se borra, pero la literatura perdura. Creo que hay que dejar algo, y que a la gente le permita conocer qué fue lo que nos pasó. Hace poco leí sobre la guerra de los Mil Días y mi reflexión fue que, si nadie escribe eso ¿cómo podemos saber de nuestra historia? Lo que yo he tratado de hacer con la literatura es plasmar sentimientos, pero también esperanza y generar un ambiente de no repetición”, dice Alinton mientras reflexiona sobre el lado de la historia del conflicto armado que él también quiere contar.
“Yo creo que tenemos un compromiso moral sobre cómo dibujar o poner en la palestra pública la otra cara de la historia. Hoy en día los firmantes de paz tenemos una historia por contar”, agrega.
Uno de los capítulos más importantes de la historia de Alinton es la relación con su padre. “Mi padre era del Chocó, pescador, rumbero, salsero, vallenatólogo y amante del fútbol. Fue el hombre más pacífico que pude conocer. A él lo mataron mientras estaba trabajando y porque en ese momento de la guerra buscaban desmotivarnos con ese tipo de acciones”.
La guerra era tan absurda que recibir la noticia de la muerte de su padre no le dio tiempo para hacer el duelo. La dinámica de la guerra era así, pero después del Acuerdo de Paz, esos momentos llegaron a la memoria. “A mi padre lo lloré y lo lloré mucho. Llega un momento en que los recuerdos y evaluar todo lo que ha pasado lo hacen emocionar mucho a uno. Yo lloré a mi papá y a mis hermanos, ya después de dejar las armas”.
Reunificación familiar
Uno de los primeros efectos de los procesos de reincorporación es la reunificación familiar. Alinton logró junto a su madre lo que parecía imposible: encontrar a su abuela. “Me puse en la tarea de buscar a mi familia que estaba viva. Mi mamá hacía 43 años no veía a mi abuela. Le dije que grabara un video y me fui por Puerto Berrio, Barrancabermeja y La Dorada preguntando. Un muchacho que vio el video nos dio pistas y la encontramos. Después encontré a tíos y otros familiares. Unos que habían estado en el Ejército, otros en el M-19, en los paramilitares. Esa fue la realidad de las familias colombianas a las que nos agarró el conflicto”.
Hoy la vida de Alinton es diferente. Es uno de los líderes más importantes de los procesos de reincorporación en Arauca. Ha sido un protagonista de los procesos de participación política en el partido COMUNES, ha realizado trabajos documentales en el marco de la Comisión de la Verdad, entre otras tareas. En la comunidad de Filipinas es querido y respetado por su labor comunitaria.

Hoy tiene dos hijos, uno de 15 años y uno de dos años, quienes son el fruto de la vida en la sociedad civil. Sueña con que uno de sus hijos sea futbolista, lo que alguna vez quiso su padre Tomás. “Ya he logrado que mi hijo esté jugando en un club deportivo, es buen jugador y mientras esté en el deporte es algo que me alegra mucho”.
Al final recuerda que los retos siguen siendo muchos. Es enfático en afirmar que el Estado debe implementar el Acuerdo de Paz para que sea un modelo ejemplar y quienes están hoy en armas puedan saber que hay otro camino para la vida, aunque le preocupa mucho la estigmatización y los asesinatos de firmantes de paz. “Cuando escribí el libro, mataron a un amigo firmante en Tibú, uno siempre piensa que el que sigue es uno. Pero, si resistimos bombardeos, debemos seguir resistiendo. Nadie dijo que esto sería fácil.”
Por: Diego Morales
Oficial de Información Pública - Regional Cúcuta
Misión de Verificación de la ONU en Colombia





