A diez años de la firma del Acuerdo de Paz, antiguos corredores de guerra emergen como rutas de memoria y reconciliación. Excombatientes, víctimas y campesinos guían juntos a quienes llegan a recorrer estos caminos que hoy cuentan otra historia.
Diez años atrás, subir por estos caminos podía significar un secuestro o una emboscada, dice José del Carmen Viracachá mientras se ajusta el chaleco de guía turístico y se presenta ante el grupo.
Entre los viajeros con los que iniciará el recorrido hay periodistas con cámaras de fotos y de video y turistas extranjeros. Ninguno sabe que el hombre que hoy los guía pasó 27 años en la extinta guerrilla de las FARC, transitando estas mismas montañas.
José del Carmen está sobre la Cordillera Oriental, en su natal Viotá, Cundinamarca. La meta hoy es alcanzar el pico de una montaña al que se llega por un camino empedrado de más de doscientos años. Allá está un sendero conocido como Camino Real Muisca, que conserva vestigios indígenas y muros de piedra levantados en la época de la Colonia. En la parte más alta, a unos 2.400 metros sobre el nivel del mar, emerge entre la niebla una escultura de San Antonio de Padua. “Si seguimos caminando cuatro horas — explica José del Carmen — llegamos a Silvania, y salimos a la Vaca que Ríe”.
Este sendero, así como los cerros El Cardenal y Casa Verde, comunican por las montañas las regiones del Tequendama y el Sumapaz y “fueron corredores estratégicos de la guerrilla durante los años más intensos del conflicto. Hoy son destinos turísticos de memoria, paz y reconciliación”, cuenta con seguridad a los turistas que esta mañana se aventuraron a hacer senderismo en este destino de paz.
José del Carmen tiene 57 años, estuvo 27 en las Farc, 14 en la cárcel y ya cinco años como líder de la cooperativa Asotourhepaz, que integra a 67 personas: 30 víctimas del conflicto, 14 firmantes del Acuerdo de Paz y 23 campesinos de la región. La cooperativa apuesta por el turismo comunitario como alternativa a las economías ilícitas, y para proteger el medio ambiente, fortalecer la economía campesina y mantener viva la memoria del conflicto, para que no se repita.
José Carmen señala el pico de la montaña, donde a lo lejos se alcanzan a ver una bandera de Colombia y una bandera blanca que instalaron para simbolizar la llegada de la paz al territorio. Más tarde, separado del grupo, cuenta que en esas mismas laderas conoció muy bien lo que es la guerra.

En uno de esos cerros —Casa Verde— fue capturado el 30 de abril de 2003. Iba camino a una reunión de la guerrilla cuando una patrulla del Ejército los sorprendió. “Perdimos a un muchacho y yo terminé en la cárcel”, relata, tras explicar que no fue guerrillero en armas, sino miliciano. “Fue una época muy dura, me tocó dejar a mis seis hijos, entre ellos una niña pequeña. Esa vida no se la deseo a nadie”, recuerda. Salió de la cárcel luego de 14 años, gracias al Acuerdo de Paz que le dio una nueva oportunidad.
El camino de la paz
Sus primeros meses en libertad trató de vivir en Bogotá. Era uno de los más de 13.000 guerrilleros que dejaron las armas y regresaban a la vida civil, pero él no encontraba su camino en la ciudad. Pronto decidió regresar con sus padres a su pueblo natal, Viotá, y tratar de reconstruir la vida. Allí inició su proceso de reincorporación.
Una de las oportunidades que le ofreció este proceso fue la que le cambió el rumbo y la que terminó por ponerlo de líder de un proyecto turístico comunitario. Ocurrió en el año 2018, cuando lo llamaron de la Agencia para la Paz de Cundinamarca —dependencia de la Gobernación—, para invitarlo a él y a otro firmante del Acuerdo, Luis Castillo, un viejo amigo suyo, a un taller sobre turismo de paz en el Eje Cafetero.
“Clasificamos Luis y yo. También asistieron 28 víctimas del conflicto del municipio de Viotá, que no querían que nosotros participáramos. Sabían que recién habíamos salido de la cárcel y que habíamos sido guerrilleros. No querían nada con nosotros. Pero tuvimos la oportunidad de contarles nuestra historia”. El taller fue la primera vez que víctimas y excombatientes se sentaron juntos a hablar de sus vidas.
Mientras escuchaban hablar del turismo, a José de Carmen se le venían a la mente el cerro de Casa Verde, el Camino Real Muisca y el filo de El Cardenal. Todos esos territorios que él conocía de memoria, cuando estaba en otro bando.
A los días de ese taller se pusieron en la tarea de crear una agencia de turismo, y crearon Asotourhepaz. Empezaron promocionando el camino colonial y poco a poco, las rutas que antes recorría con la guerrilla comenzaron a atraer universitarios, investigadores y turistas extranjeros. También llegaron los apoyos del Gobierno y la comunidad internacional.
Trabajar con las comunidades locales
Desde el principio, el proyecto se pensó colectivo y por ello involucró a otras familias de la región, incluidas víctimas del conflicto que los primeros años habían desconfiado de los excombatientes. Susana Castillo Casas es una de ellas. Ella fue desplazada por el conflicto armado y hoy integra Asotourhepaz. Susana es la encargada de servir el almuerzo al grupo de turistas, desde una cocina campesina con vista a la montaña. Susana recuerda que al comienzo no quería trabajar junto a los excombatientes. “Yo tenía muchas dudas. Ellos estuvieron en la guerra y eso fue traumático para todos. Pero creo que accedí por mis hijos, para enseñarles que es mejor la paz”.

Cuenta que trabajaron juntos por seis meses: firmantes, víctimas y campesinos, para limpiar el cerro El Cardenal y adecuar el mirador donde pusieron las banderas. “Con el trabajo y con el tiempo las heridas terminan sanando”, cuenta. Además —agrega entre risas— que el turismo los mantiene a todos ocupados. “Hay mucho trabajo, y no hay tiempo para pensar en el pasado”. Hoy su mamá, Luz Marina, y su hermana Diana preparan la comida para los turistas. Ella dirige una de las posadas campesinas. Su esposo Giovanni y su hijo Deivi Joan trabajan como guías. Deivi Joan tiene 16 años y está perfeccionando su inglés: quiere ser un guía bilingüe.
Asotourhepaz ofrece zonas de camping y trabaja en alianza con fincas y posadas campesinas que alojan grupos de hasta 25 personas. “Si quieren, hay hoteles aliados con piscina y todo eso, pero tratamos de impulsar más la estadía en las posadas, para darle trabajo a la gente de la región”, agrega José del Carmen Viracachá, durante el almuerzo.
Zona cafetera
Entre los cultivos que bordean los senderos, el café ocupa un lugar central. Viotá fue uno de los primeros municipios donde llegó el grano a Colombia, y es considerada la capital cafetera del Tequendama. Por ello, durante los recorridos se visitan cafetales, se explica el proceso de producción y se conoce la marca propia de la asociación: Café El Cardenal, nacida —como todo el proyecto— del trabajo conjunto entre campesinos, firmantes y víctimas.
Actualmente, tienen 25 beneficiaderos que fueron donados por la empresa privada y que producen café para la marca El Cardenal y otras diez marcas comunitarias asociadas al proyecto. Aunque la producción aún es pequeña —dos toneladas por semestre—, José del Carmen asegura que el turismo y el café ya generan ingresos para decenas de familias de la región.

La apuesta por convertir estos territorios en destinos de paz también cuenta con respaldo institucional. Según la Agencia para la Reincorporación y la Normalización (ARN), existen 14 proyectos productivos de turismo aprobados por el Consejo Nacional de Reincorporación (CNR) —siete individuales y siete colectivos— que vinculan a 249 personas en proceso de reincorporación, 175 hombres y 74 mujeres. Estas iniciativas, según ARN, han recibido inversiones por más de 3.116 millones de pesos, financiados con recursos del Presupuesto General de la Nación, el Fondo Multidonante de las Naciones Unidas y otras fuentes de cooperación. A ellos se suman muchos proyectos autogestionados que no hacen parte de estos registros.
El Ministerio de Comercio, Industria y Turismo también ha acompañado estas iniciativas con asistencia técnica, formación y comercialización. César Oliveros, responsable del programa Destinos de Paz, subraya que los apoyos también han beneficiado a comunidades no firmantes. El Ministerio ha impulsado, por ejemplo, el programa ‘100 experiencias de turismo por la memoria y la paz’, en 121 municipios priorizados, beneficiando a víctimas y campesinos. De hecho, el 59% de estas experiencias son impulsadas por víctimas.
Sobre los proyectos de firmantes, según explica César Oliveros, se acaba de culminar un proyecto de fortalecimiento a 15 organizaciones de base comunitaria de firmantes de Paz, que deja como resultado la creación de una red de turismo para la paz del orden nacional.
La red
La Red Comunitaria de Turismo, Paz y Reconciliación, de la que hace parte Asotourhepaz, está integrada por organizaciones de turismo de Meta, Caquetá, Guaviare, Bolívar, Putumayo y Cundinamarca. Desde el cañón del río Güejar, en Meta, hasta el Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR) de Agua Bonita, en Caquetá, antiguos territorios afectados por el conflicto comenzaron a abrirse al turismo comunitario. En el Meta, proyectos como Catypsa Expeditions, Oriente Verde y Sendepaz han convertido el cañón del río Güejar y otras rutas naturales en destinos de rafting, senderismo y avistamiento de aves.
En el Caquetá, iniciativas como Caguán Expeditions, que ofrece rafting en el río Pato, Yarí Travel, Turipaz con sus recorridos por el ETCR de Agua Bonita, y San José Travel, han convertido espacios de reincorporación en veredas vivas que reciben visitantes interesados en la memoria y la biodiversidad. Todos comparten una lógica, aunque los impulsan firmantes del Acuerdo, se trabaja de la mano con víctimas y comunidades locales, y las rutas turísticas están pensadas para todos. De hecho, los planes que ofrecen también se pueden adquirir en Bogotá, donde hay tres casas de paz - La Trocha, Alternativa y la Roja – que son espacios culturales gestionados por firmantes y abiertos a todo el público.

Para la Misión de Verificación de la ONU en Colombia, que verifica el proceso de reincorporación de los firmantes del Acuerdo y las garantías de seguridad de ellos y las comunidades en zonas afectadas por el conflicto, este tipo de turismo comunitario ha permitido transformar narrativas históricas de violencia mediante procesos colectivos centrados en la memoria, la cultura, las prácticas ancestrales y la protección del medio ambiente, además de generar ingresos para comunidades enteras.
“El turismo de paz sin duda se ha consolidado como una herramienta de reconciliación y una oportunidad para ayudar a estabilizar los territorios en Colombia. Genera espacios de interacción y construcción de confianza entre instituciones, sector privado y población firmante con sus comunidades receptoras. Esto tiene un valor clave para la construcción de la paz”, dice Miroslav Jenča, jefe de la Misión de la ONU y Representante Especial del Secretario General de la ONU en Colombia.
Son las cuatro de la tarde, y los turistas regresan a la casa de Susana para la merienda. La excursión cubrió solo el primer tramo, pero alcanzó para visitar los cultivos de ají, un árbol centenario, la cascada La Milagrosa y el proceso del café y para conocer a decenas de personas que en Viotá viven de este proyecto.
Antes de despedirse, José Carmen baja la voz. El año pasado recibió amenazas de un grupo armado. “Querían que trabajáramos para ellos, y los denunciamos”, dice. Se niega a dar más detalles. “Yo ya pagué cárcel. Tengo una familia y una nueva oportunidad, y quiero aprovecharla. Ahora trabajamos por transformar esta comunidad, ahora trabajamos por la paz” agrega.
Los turistas regresan por el viejo camino empedrado. Arriba, sobre el filo de los cerros, todavía ondean la bandera de Colombia y la bandera blanca. Son las mismas montañas, pero son otros tiempos.
Por: Jorge Quintero
Oficial de Comunicaciones
Misión de verificación de la ONU en Colombia





