Un reconocido artista plástico que regresó a comprobar sus memorias de infancia y un joven muralista que encontró en el arte una forma de cambiar su destino terminaron encontrándose en el Guaviare gracias a las oportunidades que abrió el Acuerdo de Paz.
En San José del Guaviare no hay galerías ni escuela de bellas artes. Lo que sí hay —lo que siempre hubo, dicen quienes nacieron entre la selva y el río— es la necesidad de contar el territorio. De ese impulso quizá nacieron las historias de Javier Perdomo y Oscar Villalobos, dos artistas separados por una generación, pero unidos por el mismo paisaje, por el arte, y de algún modo, también, por los espacios creados por el Acuerdo de Paz.

Javier Perdomo es un joven de 29 años que comenzó haciendo grafitis en las calles de San José del Guaviare y que terminó convirtiéndose en muralista y estudiante de artes de la Universidad Nacional en Bogotá. Oscar Villalobos, de 38 años, pasó su infancia en las selvas del Guaviare, fue desplazado con su familia por la violencia a la ciudad de Bogotá y terminó convirtiéndose en un reconocido artista plástico.
Javier Perdomo creó un movimiento de jóvenes artistas empíricos que hicieron del muralismo su forma de expresión. Pronto, e impulsado por el recién firmado Acuerdo de Paz, en 2016, Javier empezó a hacer murales para organizaciones nacionales e internacionales. Entre esos primeros trabajos estuvieron varios murales en los, en esa época, recién instalados Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación, ETCR, de Colinas y Charras.
Los murales expresaban la nueva vida en la legalidad de los firmantes del Acuerdo, así como la esperanza y las expectativas de esta comunidad. El trabajo le dio a Javier la oportunidad de perfeccionar su arte, de fortalecer un movimiento de muralismo y, a la larga, de forjar su propio proyecto de vida.

“Yo pienso que encontraron (las instituciones y la cooperación internacional) en nosotros una manera diferente de contar estas historias de paz. Empezamos a trabajar, no solamente con la urbanidad, sino con la ruralidad. Justo después del proceso de paz empezamos a hacer acercamientos en las veredas donde anteriormente hubo conflicto”, recuerda hoy Javier a pocos metros de la sede de artes de la Universidad Nacional, donde cursa octavo semestre de Artes Plásticas y Visuales.
“Creamos un colectivo que fue surgiendo expresado en el deseo de buscar la paz”, agrega. Fue precisamente en uno de esos encuentros alrededor del proceso de paz donde conoció a Oscar Villalobos, un artista profesional y consagrado que terminó siendo su amigo y una inspiración para su vida. “Hubo una conexión, pues él también es de allá y entonces él sembró la semilla de querer salir de San José del Guaviare para aprender sobre las artes”, recuerda.

Oscar Villalobos pasó doce de sus primeros años de vida en el Guaviare. Aunque no le gusta hacerse llamar víctima del conflicto, fue desplazado por la violencia, junto con su familia.
Estudió sus primeros años de primaria en dos internados, en el del resguardo indígena de Mocuare, y en el de Raudal de Mapiripán, “ya en quinto de primaria fue cuando nos desplazaron y ya terminé la escuela acá en Bogotá”, recuerda.
Aunque estaba muy niño, fue muy consciente de la realidad del territorio. “Casi todos mis compañeros del internado se fueron a la guerrilla y murieron en la guerrilla, porque muchos peladitos se iban, para otros la opción era ser raspachínes”.
Pero también creció rodeado de la majestuosidad de la selva y del río. De hecho, tras la firma del Acuerdo de Paz, en 2016, regresó movido justamente por una pregunta de infancia: si las ceibas y el río eran realmente tan grandes como los recordaba, o si la memoria —“que también distorsiona un poco los espacios”— le había jugado una trampa. No fue así: la selva, confirma, era exactamente tan inmensa como los recuerdos de su infancia.

Oscar regresó al Guaviare invitado por el Colectivo de artes ANATTO, que preparaba una serie de murales para el cierre de la Comisión de la Verdad, con apoyo de la oficina regional de la Misión de Verificación de la Naciones Unidas en Colombia en San José del Guaviare.
En ese viaje a San José conoció también a un grupo de jóvenes vinculados al proceso de reincorporación. No compartían necesariamente su historia, pero sí una condición similar: la de haber sido, cada uno a su manera, atravesados por el conflicto. Uno de ellos fue Javier, quien, inspirado por Oscar, terminó viviendo dos años en la casa de Oscar en Bogotá y es quien hoy estudia artes en la Nacional, gracias —cuenta Villalobos— a una de las becas especiales creadas para jóvenes de territorios que vivieron el conflicto. “Ya viajó a Europa. Y ha trabajado en exposiciones de arte”, dice el artista.
“Es chévere que esos procesos y esas cosas que uno toca se puedan ver —dice Oscar—, porque ahí hay otras personas que se inspiran de eso que pasó". Y añade, con la convicción de quien ha hecho de esa idea una práctica de vida, que su papel no fue otro que el de abrir algunas puertas, "como otras personas me las abrieron a mí en su momento”.
“Arrebatarle un chico a la guerra”
A ese mismo territorio pertenece Javier Perdomo, quien hoy divide su tiempo entre Bogotá y su tierra natal. Viaja constantemente a San José del Guaviare —“seis horas no es tan lejos”, dice, o “una hora en avión”— aunque reconoce que ahora mismo los viajes están en pausa por las exigencias de terminar la carrera. Su meta, cuando se gradúe, es volver a llevar lo aprendido al territorio y tender puentes de intercambio cultural con otros artistas.
Para Javier, el arte no es un fin en sí mismo, sino una herramienta de construcción de paz: “Con que desde lo que nosotros hacemos le podamos arrebatar un chico, solamente un chico a la guerra, para nosotros eso es un montón”. Fue el Acuerdo de Paz, dice, el que les abrió la puerta a territorios donde el Estado no llegaba.
El arte como forma de no quedarse enredado en la violencia
Ninguno de los dos evita el conflicto en su arte, pero ninguno se queda atrapado en el pasado. Oscar lo resume con una pregunta que se hizo a sí mismo en una de las charlas que dio en el Guaviare en 2016 y que inspiraron a Javier a dedicarse profesionalmente al arte: “viví doce años allá y durante ese tiempo hubo una masacre que duró tres días, pero también viví miles de otras cosas”. “Si la atención la dejamos solamente en eso malo nos estamos perdiendo de todo lo bonito que pasó en el resto del tiempo”, dice. Por eso invita a que la gente visite el Guaviare —ha llevado allí, cuenta, desde amigos colombianos hasta a la embajadora de Hungría—, convencido de que solo el territorio, visitado y visto de cerca, puede vencer al miedo que dejó la violencia.
La selva, el río y el paisaje del Guaviare es majestuoso, agrega Oscar, “para nosotros es normal, pero uno lleva a un extranjero y ve las algas rosadas y Caño Cristales, y pues, se maravilla”. Eso intenta plasmarlo en su trabajo.

Él entiende el arte como una forma de exorcizar el dolor del pasado: transformar una experiencia marcada por más de cincuenta años de violencia en algo que valga la pena ser apreciado. “Recordar desde el rencor, o recordar cómo sucedió una masacre, no genera un punto de encuentro”, dice, pero la manera en que el arte convierte ese dolor en otra cosa sí lo permite, explica desde su taller en Bogotá rodeado de cientos de pinturas, muchas de ellas inspiradas en la naturaleza y en el territorio.
Javier, por su parte, resume su propio consejo a los jóvenes de su región en una frase: “El camino de la paz es difícil, pero merece la pena, hay que apostarle a hacer algo diferente, a no quedarnos esperando que otros hagan por nosotros, sino a aportar a la paz desde nuestra creatividad".
Lo que une estas dos historias no es solo la amistad que se creó entre Oscar y Javier después de unos talleres de muralismo y unas charlas sobre la paz en San José del Guaviare, sino un patrón que ambos describen con las mismas palabras: sembrar una semilla y dejar que otros la sigan. Hoy, cuando Javier regresa a San José del Guaviare, ya no encuentra únicamente los murales que él mismo ayudó a pintar. También ve a otros jóvenes que llenan de color las paredes del municipio y que decidieron contar su territorio desde el arte.
Oscar y Javier terminaron sembrando algo mucho más difícil de medir que un mural o una exposición: la posibilidad de hacer catarsis de la violencia de su territorio y de cambiar vidas de jóvenes que encuentran una alternativa a la violencia a través del arte.

Por: Jorge Quintero
Oficial de Información Pública
Misión de Verificación de la ONU en Colombia





